Café de Domingo

Cómo aprender a catar café de especialidad para notar mejor los sabores

2026.07.06
Cómo aprender a catar café de especialidad para notar mejor los sabores

La luz entra en la cocina de una forma muy particular los domingos por la mañana, como si se quedara enredada en los azulejos de la pared antes de llegar a la encimera. Mira que llevo años aquí, pero ese brillo sobre el cristal de la V60 todavía me hace parar un segundo. El gato ya sabe de qué va la historia; en cuanto oye el primer crujido del molinillo manual, se despereza y viene a ver si cae algo, aunque sabe de sobra que lo mío no se come. El olor de los posos secos, antes de que el agua toque nada, es lo que me da los buenos días de verdad.

Llevo casi una década trabajando como freelance aquí en Triana y el café siempre fue gasolina, na más. Pero desde aquel regalo a finales de 2022, la cosa se me ha ido de las manos. El problema es que, por mucho que comprara bolsas de 250g que prometían 'notas de jazmín' o 'melocotón maduro', a mí aquello me sabía a café. Rico, sí, pero café. Un poco amargo, un poco fuerte... y ya está. Me sentía un poco estafada, no por el tostador, sino por mi propia lengua, que parecía no estar a la altura de lo que pagaba.

Antes de seguir, un inciso de esos que pongo yo siempre: este rincón se mantiene gracias a enlaces de afiliado. Si acabas comprando un curso o algún cacharro a través de ellos, yo me llevo una comisión que me ayuda con el mantenimiento del blog, pero a ti te cuesta lo mismo. Solo hablo de lo que de verdad tengo en la cocina y de lo que he probado entre diseño y diseño, como el Curso Afición al Café, que es el que me ha salvado las mañanas.

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Aquel sábado de noviembre y la frustración del jazmín invisible

Todo empezó a torcerse —o a enderezarse, según se mire— a finales de noviembre pasado. Tenía una bolsa de un etíope preciosa, con un diseño que me daba envidia como profesional, y el paquete juraba que aquello sabía a flores. Yo ponía mi agua a hervir, molía con ganas y... amargor. Un amargor sordo que lo tapaba todo. Me pasé veinte minutos intentando encontrar notas de tabaco en un café de Kenia semanas después, convencida de que mi paladar era de madera, cuando en realidad el problema era que el agua estaba a borbotones, quemando cualquier rastro de delicadeza.

Me di cuenta de que tener el equipo no servía de nada si no sabía leer lo que pasaba dentro de la taza. Estaba usando un ratio de 1:15, pesando el agua con la báscula de cocina que antes solo usaba para los bizcochos, pero el sabor no aparecía. Pensaba: "¿De verdad estoy pesando el agua gramo a gramo para una bebida?". Y a la vez, sentía una calma que mi trabajo de diseño gráfico nunca me da. No había entregas, solo yo y el chorrito de agua.

Primer plano del bloom del café de especialidad soltando burbujas de CO2

El clic de febrero: cuando el agua dejó de hervir

A mediados de febrero decidí que ya estaba bien de dar palos de ciego. Me apunté a un curso online porque, seamos sinceras, no tengo tiempo ni ganas de meterme a barista profesional en una escuela. Yo solo quiero que mi domingo sepa a lo que dice la bolsa. Aprendí que la temperatura es como el mando del volumen: si te pasas, solo oyes ruido. Empecé a usar el agua a 92°C, dejando que reposara un poco tras hervir, y de repente, el muro de amargor se agrietó.

Fue la primera vez que entendí lo que era el 'bloom'. Ese momento en que el agua toca el café recién molido y aquello empieza a burbujear como si estuviera vivo. Es el CO2 escapando, dejando sitio para que el agua entre y saque lo bueno. El olor que desprende ese primer contacto es como tierra mojada y cítricos, una mezcla que llena mi cocina pequeña mientras el sol pega en los cristales. Es casi hipnótico.

Si alguna vez te has sentido perdida con esto, te recomiendo echar un ojo a mis errores al preparar café de especialidad en casa como principiante, porque mira que cometí unos cuantos antes de entender que menos es más.

El curso que me puso los pies en el suelo

Lo que me gustó del Curso Afición al Café [Mi Curso de Cabecera] es que no me pedía montar una cafetería. Me hablaba de mi V60, de mi prensa francesa y de cómo usar el molinillo que tengo en la encimera. Otros cursos, como el de Barista Training Online, están muy bien si quieres dedicarte a esto, pero para mí eran demasiada información técnica que no iba a usar. Yo solo quería saber por qué mi café sabía a rayos si el grano era bueno.

Aprendí a distinguir entre la acidez (la buena, la que te hace salivar como si mordieras una manzana) y el amargor que te raspa la garganta. Empecé a entender conceptos como el terruño y cómo influye en que un grano sea más dulce o más cítrico. De repente, las etiquetas de las bolsas dejaron de ser jeroglíficos para convertirse en un mapa.

Molinillo manual de café junto a granos de especialidad sobre madera

El obstáculo invisible: el humo del vecino

Aquí es donde la cosa se pone personal y un poco rara. Después de tres semanas de práctica constante, noté algo. Había días en los que el café me sabía increíble y otros en los que volvía a la nada. Me volví loca revisando la molienda, el agua, el tiempo... hasta que me di cuenta de que no era el café. Era el vecino de abajo.

Vivo en un piso antiguo de Triana y los olores viajan por el patio de luces como si tuvieran pasaporte. Mi vecino fuma en su ventana justo a la hora de mi desayuno. Esa contaminación olfativa, ese rastro de tabaco persistente en el aire de mi cocina, bloqueaba por completo mi capacidad para detectar las notas sutiles del café. Si el ambiente huele a humo, olvídate de encontrar el jazmín. Tu nariz se satura y el cerebro prioriza el olor fuerte del tabaco sobre la delicadeza de un grano de café de especialidad.

Tuve que empezar a cerrar la ventana de la cocina diez minutos antes de empezar el ritual. Parece una tontería, pero el cambio fue radical. Catar no es solo meterse algo en la boca; es preparar el entorno para que tus sentidos no tengan que pelearse con interferencias. Si vives con alguien que fuma o tienes un entorno con olores fuertes, por muy buena que sea tu técnica, el café siempre te va a saber a "menos".

Una mañana húmeda de junio

Hace nada, una mañana de esas de junio en las que Sevilla ya empieza a avisar de lo que viene, me preparé un café frío, un estilo diferente pero con el mismo cuidado. Ya no busco desesperadamente el sabor; ahora dejo que aparezca. Recuerdo que ese día, tras probar tres orígenes distintos que me habían llegado por correo, sentí un ligero hormigueo en las yemas de los dedos. Una mezcla de la cafeína y la emoción de, por fin, notar esa nota de melocotón que tanto se me había resistido.

Me di cuenta de que definitivamente debería haber desayunado algo sólido antes de ponerme a catar como una loca, pero la satisfacción de "entender" el idioma del café valía el pequeño mareo. Mi encimera sigue siendo un caos de filtros usados, básculas y restos de grano, pero ya no me siento una impostora cuando leo la bolsa.

Si te apetece profundizar en cómo mejorar tus tazas sin volverte loca con la química, quizás te sirva leer sobre hacer un curso de barista online para mejorar mis recetas caseras, aunque ya te digo que para el día a día, con algo sencillo sobra.

Taza de café humeante y jarra de cristal bajo la luz de la mañana

Al final, aprender a catar es aprender a pararse. Es dejar que el agua caiga con su ritmo, notar cómo cambia el aroma cuando el café se enfría un poco —porque, mira, el café caliente quema las papilas y no te deja saber na— y disfrutar del proceso. Mi V60 ya no es un cacharro más; es mi forma de decir que el domingo ha empezado de verdad. Si te pica la curiosidad, no necesitas una formación de tres años, solo un poco de paciencia y quizás el Curso Afición al Café para que alguien te explique, de tú a tú, por dónde empezar a buscar ese jazmín que, te prometo, acaba apareciendo.